De la soledad y otros (un ensayo)
Si se habla de silencio se habla de miedo, si se habla de soledad, solo queda el terror. El que no seamos otra cosa que unos monos desnudos, indefensos y con ínfulas de inteligentes no nos hace mejores ni peores, pero el que no sepamos más que ser a través de los ojos de otros en muchas ocasiones nos impulsa a no ser más que hojas moribundas arrastradas por el viento. No existe el otoño sin la desnudes que lo caracteriza, sin el sueño que poco a poco se va cerniendo sobre los arboles, la tierra y los animales. La estación del silencio, las estaciones de la vida, el continuo ir y venir de las palabras y los pensamientos, la ausencia.
¿Cuál es ese temor inmanente a la soledad y al silencio? ¿Que destruye mas a una persona y a aquellos que lo rodean si no esa imposibilidad de reconocerse en la solead? Tal vez es por esto que terminamos inmersos en una patética gregariedad y no en una agradable, y anarquista, sociabilidad. ¿Quién soy yo si no soy nadie para otros? no termina siendo más que la imposición de un uno, que es a la vez inexistente, virtual, y por definición, hipócrita.
Y es así como se deviene eso contrario a lo que se quiere ser. Herman Hesse, tomando el cuerpo de Zaratustra, tiene un hermoso ensayo que se sitúa en el terreno de la defensa de la soledad. Juan Manuel Roca escribe sobre los espejos, sobre la imposibilidad de no ser otro cuando el otro solo puede existir en la medida de mis deseos, o ser destruido. Así el homosexual solo puede serlo como la sociedad lo quiera considerar, el anarquista solo será el eterno utopista, o el parasito que solo puede existir gracias a aquello que dice atacar. La pareja solo existirá en la medida en que sea lo que yo quiero que sea. Nada más destructivo que esa sociabilidad enferma a la que nos acostumbraron.
Todas estas descripciones tienen un foco común, la relacionalidad percibida solo desde una dicotomía. Esta característica, primariamente psicológica, es fácilmente visible en individuos que le tienen terror a la soledad, y es el punto focal que determina las conductas destructivas que son comunes a este tipo de personajes. Recordemos de nuevo la metáfora del desierto y de las dunas, la percepción de la realidad como un plano vacio de significado y de fronteras, las características morfológicas de un plano siempre cambiante y sin posibilidad de estructuración de un mapa con coordinadas fijas, en otras palabras, la ausencia de un plano con significados abstractos e independientes de sus propios flujos.
Este tipo de plano agota todas las posibilidades del plano dicotómico, lo hace existente solo como un segundo en el continuo de tiempo. ¿cuál es la relación? Tenemos un sujeto que no puede existir en soledad, que no puede enfrentarse a si mismo, que no se atreve nunca de nuevo a mirarse así mismo a los ojos. Cuando solo se puede existir a través de otros se toma como común denominador la existencia relacional primaria en el circuito cultural donde el sujeto se desarrolla, en nuestro caso, las relaciones de pareja. Aparece entonces una linealidad con dos extremos, o la soledad o la existencia social primaria cultural, es decir, el sujeto solo puede existir si tiene pareja. El resto de los matices sociales quedan relegados al olvido, y por lo tanto la importancia, anarquista, de la calidad de las relaciones sociales se olvida, tenemos a nuestros pies un sujeto que adquiere una esencia destructiva. Tenemos también, al establecer una dicotomía de entidades concretas, un sujeto de poder, un sujeto racional y racionalizado.
El sujeto anarquista, al menos en sus procesos sociales, se caracteriza por ser un no sujeto, por hacer de si un plano sin coordenadas, pero al mismo tiempo un sujeto de decisión, esto es lo que podría llamar: un anarquismo del sujeto existencial. La existencia de un plano sin coordenadas es a su vez una decisión, el reto de hacerse así mismo. No es el acto de volverse un animal solitario, siempre apartado de todo lo que lo rodea, el lobo estepario es un animal que para escuchar un llamado, debe alejarse del ruido que en ocasiones lo rodea. ¿Quién no se ha sentado solo a observar con detenimiento un paisaje? O a apagado absolutamente todo solo para detallar las letras y las notas de una canción.
Definitivamente no es el facilismo que nos acosa en lo contemporáneo, es lo contrario, el que se pierde, el que empieza por destruirse, el que empieza por hacerse inexistente; solo así se aprende a apreciar lo que nos rodea, jugándosela, así sea por una vez, a haberlo perdido todo. Y si es posible, perder.




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