Desiertos & Dunas
El hombre busca representarse así mismo en el mundo, esto es, el hombre al representar el mundo lo que hace es representarse así mismo fuera de sí. El yo sé abstrae al tiempo que se convierte en lo sensible. El yo entonces dentro del modernismo se convierte en Dios.
Pero el Yo es también un objeto sensible a lo sensible, se constituye a través de él. No existe un Yo a priori, es un concepto traído de la filosofía, replantado (y re planteado) en la psicología, en la sociología, en la antropología. Se mantiene el concepto del yo, a través de la realización del individuo, de la psicología de la fragmentación totalitaria.
La sensación de la historia como un continuo se asemeja más a la vista de un desierto con dunas cambiantes, con mosaicos de imágenes y sombras a merced de un algo que no es algo, pero que transforma constantemente el horizonte, da una sensación de movimiento que es conocida como historia.
Del mismo modo el yo, así como cualquier otro concepto, identidad o conocimiento; tiene como sustancia un desierto de dunas. Como el nombre de cualquier desierto hasta que este desaparece, las dunas siempre cambiantes, el rostro siempre con una configuración diferente; los conceptos siempre mutan, son dunas en sí mismos, al vaivén de la multiplicidad.
El yo, como realización de un sí mismo, implica la conceptualización del yo, la creación y mistificación de la unidad. La filosofía de la identidad, al igual que todas las ciencias del conocimiento que buscan emularla, son el reflejo inmanente de las filosofías de lo otro, o del otro, son la otra cara de la moneda. Buscar un Yo es buscar el mundo que lo construye, buscar el mundo que lo construye, es buscar el Yo.
Al mismo tiempo la filosofía es la búsqueda, o en ocasiones totalización, de ese terreno árido, de ese lienzo de arena y viento. El desierto se presenta como una metáfora humana no por sus características literarias. Es el desierto de un Borges, el laberinto sin salida y sin entrada, sin rostro, sin paredes; son las características volátiles que hacen del desierto un lugar rico en significados al mismo tiempo que un lugar vacio.
El hombre se busca a sí mismo en el desierto, pero ante la vista de la soledad, del vacío, prefiere hacer de él un concepto, una imagen fría en donde las dunas siempre estarán allí, inmutables. Porque al adentrarse en el vacio se hace víctima del tiempo, del cambio, se hace mortal. El ethos humano se niega entonces así mismo, ya que su condición es la de la mortalidad, es el mismo miedo a la muerte lo que nos lleva a buscar los significados en lo absoluto.
Pero como se demuestra lo absoluto es la negación misma del tiempo, y la sustancia de lo que no se es y se es: el desierto. Mirar, contemplar, reflexionar, incluso filosofar, es adentrase en el desierto. El que mira, contempla, reflexiona o filosofa, desde una perspectiva conceptual, se quedan en las orillas, se auto reconoce como observador; pero los desiertos son masas móviles, nebulosas, vivas, con el tiempo aquel que solo mira, termina inexorablemente mirándose así mismo, sin importar la aparente distancia que tome.




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