Habitaciones y Penumbras
Abrió la puerta sin pensarlo, se estrello de frente con la mirada de ella, a pocos centímetros sus rostros se observaban, como habitando dos extremos de un abismo. Había algo en su aliento que le recordaba al olor de los pinos, la menta fresca que crecía en la finca, un añejo, un recuerdo sin forma ni tiempo que se balanceaba en su cabeza cada vez que se acercaban demasiado.
-Hola – dijo ella con desdén-, te esperaba desde hace un rato ¿dónde estabas?
No quería contestar, no sabía que contestar, hubiera sido mejor no haber dicho nada, sentarse al frente del televisor y dejar que otros hablaron por ellos, quería silencio, mucho silencio; todo daba vueltas al final, todas las palabras se habían revuelto y solo quedaban las letras, aun así, desordenadas y sin sentido. La miro de nuevo y trato de recuperar el recuerdo del olor, pero este ya se desvanecía, no la entendió, no encontró más que su rostro reflejado en el de ella, y de nuevo todo fueron sombras entre los dos.
-Por ahí, estaba lloviendo y entre a esconderme a la iglesia, estuve un tiempo sentado allí, mirando los santos.
Sin saber que mas decir dejo el paraguas sobre el piso, las gotas se desparramaban sobre el suelo blanco, dejando una mancha oscura que poco a poco se iba esparciendo dejando una especie de silueta alrededor. No había mucha luz en aquel lugar, era ya media tarde y todo se sumergía en ese tono mortecino que arrojaba la ciudad en penumbras, sin luz, sin sombras ni tampoco oscuridad.
Días antes, mientras tomaba algo en una cafetería cercana, pensó que esta ciudad se perdía poco a poco en su olvido, en su propia amargura. La misma que a él lo acechaba y a todo el mundo, la misma con la que uno se cruzaba todos los días al caminar, los gestos de los otros, sus ojos pegados al piso, su tristeza respirando por los poros, su ausencia.
¿Y si todo ha muerto? Había pensado y ¿si solo somos cuerpos que caminan entre las calles sin más ni más? Ese día mientras caminaba como siempre a casa se había imaginado a todo el que pasaba como un bulto de carne, una masa de materia orgánica y gotas pesadas de destino, una mecánica respuesta. Respiraba profundamente cada vez que alguien pasaba, y pensaba en el olor de la carne putrefacta; en los gusanos que se arrastraban entre los cuerpos muertos.
Por un segundo, creyó ver quede de todos, y de él, salían miles de insectos, que el cielo se llenaba de la sombra de mil moscas que brotaban y se apropiaban del horizonte. Era media tarde, aquel día, y todo se empezaba a alargar, vio su cuerpo deforme sobre la luz del sol. Así, mientras se perdía entre siluetas, empezó a fundir sus sentidos con ese tiempo, y supo que él, y todo, era solo una pregunta, y que todo, se resolvía sin preguntar.
Llego a casa, y sintió esa extraña presencia en su alcoba, miro de nuevo, era un mosaico de imágenes ajenas, un tiempo perdido. ¿Cómo saber? La pregunta palpitaba en la boca; ¿Quién es? Parado sobre la alfombra sucia de aquel lugar, el olvido lleno sus ojos; mientras, las manos sudaban.



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